Declaraciones de Jasikevicius | ACB.COM


En Reikiavik los veranos son cortos y frescos, y los inviernos largos, gélidos. El sol no dejar verse con la asiduidad que desearía su población, pocas son las semanas que disfruta de temperaturas superiores a los 20 grados y, al contrario, en demasiadas mañanas despierta con el termómetro bajo cero.

Convertida Islandia en lugar turístico en los últimos años, los habitantes de sus poco más de 100.000 kilómetros cuadrados han construido sobre la historia su propia mitología. Su gélida temperatura y la tradición marinera les convierte en personas de fuerte carácter, capaces de superar la adversidad climatológica y mostrar convencimiento de que todo es posible si se aplica el suficiente esfuerzo.

Esa es la historia de superación que han vivido desde antaño descubriendo nuevas tierras y haciendo florecer su economía en las últimas décadas. Sin embargo, nada es sencillo cuando hablamos de deporte. Los rigores del clima obligan a que los niños practiquen deportes a cubierto para protegerles de las bajas temperaturas. El hockey sobre hielo forma parte de su cultura, pero Islandia también es una potencia en balonmano y recientemente ha creado una cultura futbolística que llevó a su federación a ser el equipo sensación de la última Eurocopa y Mundial.

¿Y el baloncesto? Pues apenas queda un pequeño redil para intrépidas personas que ven en la canasta el lugar donde enfocar sus sueños. Aventureros como Hermann Hauksson quien se embarcó en la epopeya de poner una pica en territorio inhóspito. Hermann llegó a tener una sólida carrera en la liga nacional e incluso fichó por el conjunto belga de Sint-Niklaas antes de retirarse por problemas en la espalda. Más relevante fue la carrera de Jon Stefansson, el gran pionero del baloncesto islandés más allá de sus fronteras. Con una gran carrera en Italia y España, Stefansson era el único reflejo donde un niño podía albergar esperanzas de éxito baloncestístico en Reikiavik.

Ellos dos fueron la primera generación de jugadores que hicieron relevante el baloncesto, pero, sobre todo, son padre y tío de Martin Hermannsson, la actual gran esperanza del baloncesto islandés y uno de los nombres propios de Valencia Basket. Él recoge el testigo de sus predecesores y carga con la responsabilidad de hacer visible el baloncesto islandés a nivel internacional.

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Criado bajo la pasión de su padre Hermann, los recuerdos de infancia de Martin están ligados al balón de baloncesto. La piedra fundacional de su baloncesto se pierde entre los años donde la pelota era más grande que él, entre los días donde compartía el anhelo familiar por alcanzar una cima que nadie antes logró en su país. “Me regalaron mi primer balón de baloncesto muy pronto. Mi padre era jugador profesional, todas las fotografías que recuerdo de niño es junto a un balón de baloncesto y creo que empecé a practicarlo cuando tenía cinco o seis años”, reconoce.

Como para cualquier niño, la imagen paterna cubre la primera idolatría del joven Martin Hermannsson. Todos, con más o menos intensidad, han sentido el deseo de seguir los pasos de sus progenitores, pero es que en el caso de Hermannsson, además, seguirlos era lo más divertido del mundo. “Tengo muchos recuerdos de ver a mi padre y a mi tío entrenando tanto con la selección nacional como con sus clubes. Además, siempre que podíamos salíamos a jugar al baloncesto. Nos gustaba jugar al H-O-R-S-E, echar un uno contra uno y cosas de ese estilo. Mi hermano es cuatro años más joven que yo, por lo que, cuando creció y tenía siete u ocho años, comenzamos a jugar mucho tiempo juntos. Se puede ver que somos una gran familia de baloncesto”, confiesa. Los recuerdos de la infancia solo se ponen en valor cuando pasa el tiempo y adquiere un significado especial cuando ves que en ellos aparecen todos a quienes más quieres.

El peaje que tuvo que pagar por vivir aquellos instantes fue desafiar la dureza climática del país y, en consecuencia, algún que otro resfriado ocasionado en el camino de ida y vuelta de los entrenamientos. “Recuerdo ir caminando hacia el entrenamiento cubierto por completo, llevando varios abrigos, una sudadera y un gorro que me pudiera cubrir del frío e impedir que me golpeara la nieve en la cara. Creo que todo eso me hizo más fuerte como jugador porque son cosas que te endurecen. De hecho, creo que la forma que tenemos de jugar en la selección es en parte por esta adversidad: siempre estamos luchando, siempre empujando y siempre pensamos que podemos superar cualquier problema que se presente”, cuenta.

Esa fuerza de voluntad y resiliencia la ha hecho propia, pero se extiende a una selección que, poco a poco, y a base de éxitos, está consiguiendo cambiar la cultura deportiva del país instalando el baloncesto en el subconsciente colectivo del aficionado. “Casi todo en mi país gira alrededor del balonmano y del fútbol, especialmente en los últimos años porque la Selección lo está haciendo francamente bien. Sin embargo, algo empezó a cambiar desde 2015 cuando por primera vez nos clasificamos para el Eurobasket, creo que a partir de entonces todo cambió en el baloncesto de Islandia. Todo el mundo mira baloncesto, no importa quién juegue. Antes no teníamos jugadores de primer nivel… jugadores de Euroliga, pero desde entonces el nivel ha aumentado. Estuvimos en el Eurobasket de 2015 y 2017, yo estoy en Euroliga, hay dos compañeros que juegan la Eurocup, Hlinason juega en Casademont Zaragoza, Palsson está en Morabanc Andorra y tenemos otros chicos que juegan en ligas potentes como Lituania o Alemania… todos ellos aportan esperanza a los niños que en Islandia quieren dedicarse al baloncesto como profesionales”, cuenta Hermmansson.

Tener en casa a dos referentes dejó expedido el camino a su sueño y con solo 15 años Martin Hermannsson dejó de entrenar con niños para debutar en la liga islandesa con el KR Basket. Con el equipo de su ciudad ganó las ligas de 2011 y 2014, año donde se consagró siendo el mejor jugador nacional y MVP del Playoff con solo 19 años.

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EL CAMINO DE BALDOSAS AMARILLAS

Oz es el reino de la fantasía, el lugar donde un mago materializa los anhelos de su gente y lo imposible es realidad. Así lo describió Frank Baum en su ficción narrativa, pero llevado al profesionalismo deportivo, Oz sería el lugar donde habitan los sueños de cada deportista.

Para el joven Martin Hermannsson ese idílico mundo implicó salir muy pronto y viajar muy lejos del confort hogareño. Pese a la precoz notoriedad adquirida en casa, que nadie situase a Islandia en el mapa baloncestístico le obligó a ir dando pequeños pasos porque era inimaginable alcanzar la elite competitiva viniendo desde la nada. Consciente de ello, marchó a Estados Unidos para jugar junto a su amigo de la infancia, Elvar Fridriksson, en la Universidad de Long Island en Brooklyn. “Creo fue un buen paso intermedio para pasar de jugar en Islandia a ser profesional. Creo que necesitaba pasar los dos años que estuve allí para volver más fuerte, ser mejor y progresar en mi juego. Estados Unidos vive el baloncesto, por lo que disfrute y aprendí mucho. Fue una gran experiencia dentro y fuera de la pista, y a mí me ayudó a crecer como persona. Creo que fue el paso perfecto en esa transición hacia ser profesional”, recuerda. Allí fue titular todos los partidos y promedió 13,2 puntos y más de 4 asistencias por encuentro dejando la sensación de que su baloncesto estaba listo para nuevos desafíos.

Regresó a Europa con nuevas habilidades y un físico más desarrollado, pero seguía estando lejos de los ojos de los grandes equipos. Su juego pasó por debajo del radar de las grandes ligas y tuvo que marchar a Dinamarca para demostrar que su baloncesto estaba destinado a grandes metas. Allí tomó contacto con la competición europea, pero bastaron 15 partidos con el Stevnsgade Supermen para saber que aquello era insuficiente y su próxima parada profesional le llevó a la segunda división francesa. Paso a paso, iba consolidando su juego y este llegaba a cada vez más gente… cada vez a más equipos. En el Étoile de Charleville-Mézières destacó con promedios de 17,2 puntos y 5,7 rebotes por encuentro, quedando segundo en la clasificación del MVP de la categoría. En su escalera al éxito, el siguiente peldaño sería la primera división francesa.

En el Champagne Châlons Reims Basket no tardó en demostrar que el salto no le venía grande. Al contrario, con él nunca fueron los períodos de aclimatación y se echó el equipo a las espaldas para promediar 13,9 puntos y 5,7 asistencias (quinto máximo asistente de la competición). Cifras que lo posicionaron entre los mejores bases de la liga gracias a su capacidad ofensiva, inteligencia en la dirección y facilidad para desbordar en el uno contra uno. Virtudes que fueron apreciadas por el buen ojo de Himar Ojeda quien le firmó para el Alba de Berlín. La oportunidad por la que tanto luchó se materializó compitiendo en una liga pujante y un club emergente. Allí, además, tuvo la fortuna de ser dirigido por Aíto García Reneses, el maestro de tantos jóvenes talentos que no tardó en pulir a su enésima estrella.

Fueron dos años de constante progresión, necesarios en su proceso de crecimiento y madurez competitiva, los primeros donde su nombre por fin se revelaba a ojos del gran público. “Creo que durante todo este trayecto he ganado mucha confianza en mí mismo. Es duro ser jugador de baloncesto en Islandia, el salto al profesionalismo no es fácil por lo que siempre ha sido una cuestión de superar adversidades: tenía que demostrar que podía y sabía jugar al baloncesto porque no siempre se ha respetado al baloncesto islandés. Cuando volví tuve que jugar en la segunda liga francesa y demostrar que podía jugar, lo hice y lo volví hacer en la primera división al año siguiente. Luego tuve la oportunidad de ir al Alba de Berlín donde disfruté de unos años increíbles y aprendí que podía jugar en Euroliga. Es decir, en mi carrera siempre he tenido que demostrar a la gente lo que puedo hacer y ganar su respeto tanto a nivel personal como para el baloncesto en Islandia”, se sincera. En el equipo de la capital germana se consagró la temporada pasada logrando el doblete nacional y siendo elegido el MVP de la copa de Alemania.

El cineasta alemán Werner Herzog dijo que el mundo se revela a quien viaja a pie; Martin Hermannson recorrió muchos kilómetros para descubrir su baloncesto al mundo, pero por fin había alcanzado la tierra prometida.

ACB Photo / M. Á. Polo

© ACB Photo / M. Á. Polo

LA TERRA DEL FOC

Abrazando el Mediterráneo, Valencia es una ciudad milenaria cuya realidad se constata con la legendaria huella que dejaron las diferentes civilizaciones que pasaron por ella y enriquecieron su historia con la multiculturalidad de la que hoy hace gala.

Caminar por sus calles es escuchar el eco de la población romana, árabe o cristiana y el visitante no puede evitar impregnarse del calor y el color que sus muros y edificios irradian. Siempre mirando al mar, pero abierta al mundo, la cultura valenciana es capaz de preservar costumbres milenarias adaptadas a la modernidad. Su gente, afable y acogedora, tiene en el ritual del fuego purificador el más representativo de su patrimonio humano.

La amalgama de estas virtudes invita a visitarla y a enamorarse de ella. Puede ser buscando el tacto fino de la arena de sus playas, el olor de las flores que aromatizan sus barrios en primavera o el bullicio que respiran sus plazas… cualquier lugar, cualquier excusa es buena para convertir al turista en vecino.

Así se sintió el joven Martin Hermannsson en 2006 cuando, con apenas 12 años, visitó a su tío Jon Stefansson. Debía ser una visita de cortesía, una escapada para ver a si querido tío y disfrutar del acogedor clima que nada tiene que ver con la gélida Islandia. Y, sin embargo, lo que descubrió a su llegada, le cambió para siempre.

“Valencia fue mi primera motivación para querer ser jugador de baloncesto, porque aquí jugó Jon Stefansson y yo siempre quise ser como él. Yo era joven y Valencia era un sueño como club para mí. En Islandia el baloncesto europeo no era muy conocido, no mucha gente seguía sus ligas o veía partidos de Stefansson, pero ahora se ve la Liga Endesa en Islandia y espero que los niños también tengan una sensación buena al verme como yo la tuve cuando veía jugar a Stefansson”, asegura. La imagen del pabellón lleno, el olor a palomitas, el color de las gradas y el cariño de la afición aderezaron el siempre estimulante deseo de competir. Martin Hermannsson encontró el sitio al que quería llegar, pero el caprichoso destino le hizo visitarlo antes de tiempo y vestido como adversario.

En las dos últimas temporadas pudo sentir sobre el parqué lo que vivió de niño en la grada; el problema es que él no era al jugador al que aplaudía la afición, sino el enemigo al que había que vencer. Por dentro él quería vestirse con otra camiseta y sentarse en el banquillo del local, pero debía defender otros colores, pelear por un título (Eurocup 2019) y, por qué no decirlo, dejar su tarjeta de visita para crear un futuro deseo de contar con él. “Siempre intenté desarrollar mi mejor baloncesto contra Valencia. Tenía el sentimiento de que algún día jugaría aquí. No es que tuviera grandes recuerdos de cuando jugué con Alba Berlín porque siempre perdimos, pero cuando el club me llamó este verano fue muy emocionante. La organización, los jugadores, entrenadores, la gente del club, su afición… todo es increíble en Valencia”, reconoce.

Tras una segunda temporada en Berlín compitiendo ya entre los mejores de la Euroliga, el talento de Martin Hermannsson no solo era incuestionable, sino que se convirtió en irresistible para alguno de los grandes clubes de Europa. Entre ellos apareció Valencia Basket cuando todo parecía abocado a que firmara por Fenerbahce. “El pasado verano hablé con muchos equipos y eso es algo positivo siempre, pero se convirtió en una decisión muy difícil. Hablé con Fenerbahçe, un club al que respeto muchísimo por sus jugadores, afición y entrenador… estaba muy ilusionado con poder ir allí, pero Valencia realmente apostó muy fuerte por mí. Después de hablar con el entrenador, conocía a Sam muy bien, hablé con Jon Stefansson y Hlinasson, y ellos sólo me hablaron cosas buenas de Valencia y me dio un buen feeling venir aquí”, confiesa. El deseo del niño por fin se hizo realidad.

acb Photo / J. Pelegrín

© acb Photo / J. Pelegrín

Aunque la realidad de la pandemia todavía no le ha hecho disfrutar plenamente de la experiencia que es jugar con una Fonteta llena y latiendo a su favor, Hermannsson es muy consciente del salto que ha completado. “Quiero ver de lo que somos capaces de hacer, ver construir el nuevo pabellón, quiero ser parte de todo esto y ojalá podamos tener muchos éxitos en el futuro próximo”, asegura. El base ve con optimismo la apuesta deportiva y social del club valenciano, y ese deseo que siempre estuvo de estar aquí ahora lo traslada a un futuro donde él quiere ser parte importante. “Ahora estoy en el equipo ayudando a Guillem y Sam, y ojalá en el futuro pueda liderar este proyecto. Ahora intento aprender del baloncesto español, de la cultura española y espero que más pronto que tarde podamos conseguir grandes cosas juntos”, declara.

Hace tiempo que el baloncesto dejó de ser un deporte desconocido en Islandia, no solo los valientes lo practican, sino que una nueva generación empuja fuerte para situar al país entre las potencias del continente. Martin Hermannsson es el mejor ejemplo del crecimiento experimentado en las últimas dos décadas. Siente que también tiene la responsabilidad de ser la figura en la que los niños de hoy se ven reflejados y al que sueñan parecerse de la misma forma que él deseaba ser como su padre y su tío. “Es algo que me hace sentir muy orgulloso. Yo intento mostrar a la gente que, si trabajas duro, puedes alcanzar lo que te propongas porque ¡miradme! no soy el más alto ni el más rápido o fuerte, pero si trabajas, trabajas y trabajas y tienes un sueño, este se puede hacer realidad”, nos cuenta. Ser el referente de un país supone un motivo de orgullo, pero también de responsabilidad. Antes estuvo al otro lado del cristal y sabe que no puede defraudar a quien le ve.



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